30/12/07


Almería, provincia con una densidad demográfica históricamente baja, debido a sus condiciones climáticas, ha sufrido en los últimos treinta años un crecimiento de población continuo y paralelo al éxito y a la expansión de la agricultura intensiva bajo plástico, siendo el caso más patente de la era de la globalización que estamos viviendo, aunque la experiencia es facilmente extrapolable al resto de España.
La mano de obra necesaria para trabajar los invernaderos ha tenido, desde el principio, que trasladarse desde otros puntos geográficos; en principio desde las comarcas próximas como La Alpujarra y la Vega de Granada, y en los últimos años lo está haciendo desde distintos lugares de Africa.
Tampoco se tiene que obviar la creciente demanda de mano de obra también en el ámbito urbano, no sólo de funcionarios y asimilados que necesitan estar en nuestras ciudades sólo por un periodo de unas semanas; sino que, fijándonos lo que ocurre en el resto de Europa, muy pronto encontraremos que los trabajos urbanos más desagradables los realizarán también los inmigrantes.
Las diferencias de culturas y de razas, la presencia mayoritaria de varones desplazados sin familia, y la precariedad con que éstos llegan ha España han creado, desde el principio, un clima de rechazo social. Sin embargo, es curioso pero no chocante, que dicho rechazo no se manifieste a la hora del trabajo, ya que la preponderancia de la oferta de trabajo sobre la demanda ha obligado a este primer paso de aceptación social.
Este rechazo, donde fácilmente se aprecia, es en la vivienda. De hecho más del 90% de la población inmigrante que vive en la provincia se encuentra hacinada en cortijos y viviendas rurales aisladas, donde habitan un número indeterminado e irracional de personas en un mismo habitáculo, en condiciones totalmente insalubres e infrahumanas; y lo más gracioso es que suelen pagar por vivir en estos AUTENTICOS GUETOS unas cifras totalmente desproporcionadas con relación a la calidad de vida que les ofrecen.
Estas situaciones de descontrol y de caos crean el caldo de cultivo idóneo para que puedan actuar impunemente los pocos que no llevan una vida “ordenada”; provocando (al ser identificados por sus rasgos étnicos), un clima de inseguridad y malestar entre el resto de los ciudadanos que viven en la zona, que condena al rechazo del colectivo; con lo que se crea un circulo vicioso difícil de resolver a base únicamente de “concienciar a los almerienses -y al resto de los españoles afectados por situaciones similares- de que alquilen, o permitan que convivan con ellos, personas de otras razas”.
El ponente y Presidente de la Asociación ALOJA, Félix Campillo, sobre la base de toda la información obtenida de las distintas asociaciones de inmigrantes que gustosamente la han recabado y facilitado ha llegado a una solución que puede solventar este grave problema de la vivienda, hasta ahora sin respuesta; y a la vez, mejorar el conocimiento y control de este tipo de población, para que no vuelvan a producirse estos problemas u otros consecuentes con el mismo... (continua)
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